La
contraportada
Nick
Lansing y Susy Branch son jóvenes, atractivos, brillantes: pagan
«buenas cenas solo con buenos modales». Nick malvive de un
menguante patrimonio familiar y de escribir artículos para una
enciclopedia, aunque su ambición es ser novelista. Susy, hija de un
padre derrochador ya fallecido, lleva desde los diecisiete años
sabiendo «arreglárselas», y viviendo de prestado en las múltiples
casas, en Nueva York y en Europa, de sus amigas millonarias. Ninguno
de los dos tiene un centavo pero están enamorados y deciden casarse,
con la condición de que se separarán amistosamente si en un futuro
alguno de ellos encuentra «un partido mejor». Empiezan a celebrar
su moderno pacto con una luna de miel en la villa que les deja un
amigo en el lago de Como. No tardan, sin embargo, en surgir
conflictos de «sensibilidad moral»: ¿se puede ser un parásito de
una manera más lícita que otra? ¿Hay límites? ¿La moralidad
puede ser sinónimo de arrogancia? ¿Hay vida y amor más allá del
dinero y el lujo?
Mi
opinión
Hoy
os traigo al blog la reseña de Los
reflejos de la luna
un clásico de Edith
Wharton que
si
bien tenía otros títulos esperando fue leer las primeras páginas
de esta novela y quise saber que le ocurría a sus protagonistas.
Susy
Branch y Nick Lansing se mueven como pez en el agua entre la clase
alta neoyorquina. Un mundo de lujo en el que sobreviven gracias a su
inteligencia y buenos modales, cualidades que saben explotar a la
perfección y que les permiten disfrutar de cenas, fiestas o viajes a
costa de sus amigos ricos.
Como
ninguno de los dos tiene dinero ni trabajo piensan en lo beneficioso
que sería para ellos un matrimonio acordado del que ambos pudieran
sacar provecho de sus innumerables amistades y del que se verían
liberados de manera amistosa si encontraban a alguien con dinero. Las
previsiones se vieron superadas joyas, viajes, coches, dinero … los
regalos de boda les llovieron por todas partes. Pasaron el primer mes
de casados en la casa de uno de sus amigos en el idílico lago Como.
Unos días mágicos que se verán empañados en su próximo destino
Venecia. Allí comprobaran como esa hospitalidad tendrá un precio y
provocará problemas entre ellos.
Edith
Wharton nos habla de la hipocresía, inmoralidad o soledad que rodean
a la alta sociedad de su época. Cuestiones que ponen a prueba el
amor de estos jóvenes que tienen miedo a perder el exclusivo estilo
de vida en el que se mueven porque no saben vivir de otra forma.
Aunque
me han faltado algunos detalles para que la lectura terminara siendo
redonda, como más información de la vida anterior de los
protagonistas, me ha gustado este primer acercamiento a la pluma
elegante y refinada de Wharton. He encontrado una novela fácil de
leer, con una trama sencilla y unos personajes que se muestran
débiles e inocentes a la hora de desenvolverse en la vida. Un saludo
y buenas lecturas.
La
autora
Edith
Wharton nació en Nueva York en 1862, en el seno de una rica familia
del mundo financiero. Con ella pasó parte de su infancia viajando
por Europa, y, de vuelta a Nueva York, fue educada por institutrices.
A los veinticinco años se casó con Edward Robbins Wharton, un
graduado de Harvard doce años mayor. El conflicto entre sus
inquietudes artísticas y literarias y el papel que tenía asignado
como dama de la alta sociedad fue causa de contrariedades y de una
grave depresión, pero también fuente de inspiración. En 1878 había
publicado privadamente un volumen de poesías, y en 1897 un libro de
decoración contra la estética victoriana, The
Decoration of Houses (en
colaboración con el arquitecto Ogden Codman), pero hasta 1902 no se
atrevió con la que habría de ser su primera novela, The
Valley of Decision,
y no sería realmente reconocida hasta la segunda, La
casa de la alegría (1905).
A ésta siguieron, entre otras, The
Fruit of the Tree (1907),
Ethan
Frome (1911;
ALBA CLÁSICA, núm. XCV), El
arrecife (1912;
ALBA CLÁSICA, núm. LXI), Las
costumbres nacionales (1913;
ALBA CLÁSICA MAIOR, núm. XXXVIII ), La
edad de la inocencia (1920),
por la que recibió el premio Pulitzer, y Los
niños (1928;
ALBA CLÁSICA, núm. LXXV), además de un gran número de relatos. En
1910 se estableció en París, y tres años después se divorciaría
de su marido. Su contribución a la causa aliada en la Primera Guerra
Mundial le valió la Legión de Honor. Murió en 1937 en Pavillon
Colombe, su casa en Saint-Brice-sous-Fôret.